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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 20 de enero de 2011

Historias reales y..., de la otras: Warma kuyay (Amor de niño) Cuento


Por: José María Arguedas

Noche de luna en la quebrada de Viseca.

Pobre palomita por dónde has venido, buscando la arena por Dios, por los suelos.

-       ¡Justina! ¡Ay Justina!

En un terso lago canta la gaviota memorias me deja de gratos recuerdos.

-       ¡Justinitay! Te pareces a las torcazas de Sausiyok!

-       ¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas!

-       ¿Y el Kutu? ¡Al Kutu le quieres, su cara de sapo te gusta!

-       ¡Déjame niño Ernesto! Feo, pero soy buen laceador de vaquillas y hago temblar a los novillos de cada zurriago. Por eso Justina me quiere.

La cholita se rió, mirando al Kutu; sus ojos chispeaban como dos luceros.

-       ¡Ay Justinacha!
-       ¡Sonso, niño, sonso! –habló Gregoria, la cocinera.

Celedonia, Pedrucha, Manuela, Anitacha…. Soltaron la risa; gritaron a carcajadas.

-       ¡Sonso, niño!

Se agarraron de las manos y empezaron a bailar en ronda, con la musiquita de Julio el charanguero. Se volteaban a ratos, para mirarme, y reían. Yo me quedé fuera del círculo, avergonzado, vencido para siempre.

Me fui hacia el molino viejo; el blanqueo de la pared parecía moverse, como las nubes que correteaban en las laderas del “Chawala”. Los eucaliptos de la huerta sonaban con ruido largo e intenso, sus sombras se tendían hasta el otro lado del río. Llegué al pie del molino, subí a la pared más alta y miré desde allí la cabeza del “Chawala”: el cerro, medio negro, recto, amenazaba caerse sobre los alfalfares de la hacienda.

Daba miedo por las noches; los indios nunca lo miraban a esas horas y en las noches claras conversan siempre dando espaldas al cerro.

-       ¡Si te cayeras de pecho, tayta “Chawala” nos moriríamos todos! En medio del Wiltrón, Justina empezó otro canto:

Flor de mayo, flor de mayo
flor de mayo primavera
porque no te liberaste
de esa tu falsa prisionera.

Los cholos se habían parado en círculos y Justina cantaba al medio. En el patio inmenso, inmóviles sobre el empedrado, los indios se veían como estacas de tender cueros.

-       Ese puntito negro que esta al medio de Justina. Y yo la quiero, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, lloran cuando sus ojos miran al Kutu! ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro?

Los indios volvieron a zapatear en ronda. El charanguero daba vueltas alrededor del círculo, dando ánimo gritando como potro enamorado. Una paca-paca empezó a silbar desde un sauce que cabeceaba a la orilla del río; la voz del pájaro maldecido daba miedo. El charanguero corrió hasta el cerco del patio y lanzó piedras al sauce; todos los cholos le siguieron. Al poco rato el pájaro voló y fue a posarse sobre los duraznales de la huerta; los cholos iban a perseguirle, pero don Froilán apareció en la puerta del Witrón:

-       ¡Largo! ¡A dormir!

Los cholos se fueron en tropa hacia la tranca del corral; el Kutu se quedó solo en el patio.

-       ¡A ese le quiere!

Los indios de don Froylán se perdieron en la puerta del caserío de la hacienda, y don Froilán entró al patio tras de ellos.

-       ¡Niño Ernesto! –llamó el Kutu.

Me bajé al suelo de un salto y corrí hacia él.

-       Vamos, niño.

Subimos al callejón por el lavadero de metal que iba desmoronándose en un ángulo del Witrón; sobre el lavadero había un tubo inmenso de fierro y varias ruedas enmohecidas, que fueron de las minas del padre de don Froylán.

Kutu no habló nada hasta llegar a la casa arriba.

La hacienda era de don Froylán y de mi tío; tenía dos casas, Kutu y yo estábamos solos en el caserío de arriba; mi tío y el resto de la gente fueron al escarbe de papas y dormían en la chacra, a dos leguas de la hacienda.

Subimos las gradas, sin mirarnos siquiera; entramos al corredor, y tendimos allí nuestras camas para dormir alumbrados por la luna. El Kutu se echó callado, estaba  triste y molesto. Yo me senté al lado del cholo.

-       ¡Kutu! ¿Te ha despachado Justina?

-       ¡Don Froilán la ha abusado, niño Ernesto!

-       ¡Mentira Kutu, mentira!

-       Ayer no máws la ha forzado; en la toma de agua, cuando fue a bañarse con los niños.

-       ¡Mentira, Kulltullay, mentira!

Me abracé al cuello del choclo y sentí miedo; mi corazón parecía rajarse, me golpeaba. Empecé a llorar como si hubiera estado solo, abandonado en esa gran quebrada oscura.

-       ¡Déjate, niños! Yo, soy “endio”, no puedo con el patrón. Otra vez cuando seas “abogau”, vas a fregar a don Froylán.

Me levantó como un becerro tierno y me echó sobre mi catre.

-       ¡Duérmete, niño! Ahora le voy a hablar a Justina para que te quiera. Te vas a dormir otro día con ella ¿quieres niño? ¿Acaso? Justina tiene corazón para ti, pero eres muchacho todavía, tiene miedo porque eres niño.

Me arrodillé sobre la cama, miré al “Chawala” que parecía terrible y fúnebre en el silencio de la noche.

-       ¡Kutu: cuando sea grande voy a matar a don Froilán!

-       ¡Eso sí, niño Ernesto! ¡Eso sí! ¡Mak’tasu!

La voz gruesa del cholo sonó en el corredor como el maullido del león que entraba hasta el caserío en busca en busca de chanchos. Kutu se paró; estaba alegre, como si hubiera tumbado al puma ladrón.

El patrón seguro te hace dormir en su cuarto. Que se entre la luna para ir.

Su alegría me dio rabia.

-       ¿Y por qué no matas a don Froylán? Mátale con tu honda kutu, desde el frente del río, como si fuera un puma ladrón.

-       ¡Sus hijitos, niño! ¡Son nueve! Pero cuando seas “abogau” ya estarán grandes.

-       ¡Mentira, Kutu, mentira! ¡tienes miedo, como mujer!

-       No sabes nada niño. ¿Acaso no he visto? Tienes pena de los becerritos, pero a los hombres no los quieres.

-       ¡Don Froylán! ¡Es malo! Los que tienen haciendas son malos; hacen llorar a los indios como tú; se llevan las vaquitas de los otros, o las matan de hambre en su corral! Kutu, don Froylán es peor que un toro bravo! Mátale no más, Kutucha, aunque sea con galga, en el barranco de Capitana.

-       ¡Endio no puede niño! ¡Endio no puede!

-       ¡Era cobarde! Tumbaba a los padrillos cerriles, hacía temblar a los potros, rajaba a látigos el lomo de los aradores, hondeaba desde lejos a las vaquitas de los cholos cuando estaban en los potreros de mi tío, pero era cobarde. ¡Indio perdido!

Lo miré de cerca: Su nariz aplastada, sus ojos casi oblicuos, sus labios delgados, ennegrecidos por coca. ¡A ese le quere! Y ella era bonita: Su cara rosada estaba siempre limpia, sus ojos negros quemaban no era como de las otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca llamaba al amor y no me dejaba dormir. A los 14 años yo la quería; sus pechitos parecían limones grandes y me desesperaba, pero ella era de Kutu, desde tiempo; de este cholo con cara de sapo. Pensaba en eso y mi pena se parecía mucho a la muerte ¡y ahora! Don Froylán la había forzado.

-       ¡Mentira Kutu!; ella misma, seguro. ¡Ella misma!

Un chorro de lágrimas saltó de mis ojos. Otra vez el corazón se sacudía, como si tuviera más fuerza que todo el cuerpo.

-       ¡Kutu! Mejor la mataremos mejor a ella ¿quieres?

El indio se asustó. Me agarró la frente estaba húmeda de sudor. ¡Verdad! Así quieren los mistis.

-       ¡Llevame donde Justina Kutu! Eres mujer no sirves para ella, ¡déjala!
-       Como no, niño para ti voy a dejar, para ti solito, mira en Wayrala se esta apagando la luna.

Los cerros ennegrecierón rápidamente, las estrellitas saltaron de todas partes del cielo, el viento silbaba en la oscuridad, golpeándose sobre los duraznales y eucaliptos de la huerta; más abajo, en el fondo de la quebrada, el río grande cantaba con voz áspera.

Despreciaba al Kutu; sus ojos amarillos, chiquitos, cobardes, me hacían templar de rabia; indio muérete mejor o lárgate a Nazca: allí te acabará la terciana, te enterrarán como a perro! –le decía.

Pero el novillero se agachaba nomas, humilde, y se iba a Witrón, a los alfalfares, a la huerta de los becerros, y se vengaba en el cuerpo de los animales de don Froylán. Al principio yo le acompañaba en las noches, entrábamos ocultándonos al corral. Escogíamos los becerros más finos, los más delicados; Kutu se escupía en las manos, empuñaba duro el zurriago y les rajaba el lomo a los torillitos. Uno, dos, tres,… cien zurriagos; las crías se retorcían en el suelo, se tumbaban de espaldas, lloraban; y el indio seguía encorvado feroz, ¡y yo! Me estaba en un rincón y gozaba. Yo gozaba.

-       ¡De don Froylán es no importa!; es mi enemigo.

Hablaba en voz alta para engañarme, para tapar el dolor que encogía mis labios e inundaba mi corazón.

Pero ya en la cama, a solas, una pena negra, invencible, se apoderaba de mi alma y lloraba dos, tres, horas. Hasta que una noche mi corazón se hizo grande, se hinchó. El llorar no bastaba; me vencían la desesperación y el arrepentimiento. Salté de la cama descalzo. Corrí hasta la puerta; despacio abrí el cerrojo y pasé al comedor. La luna ya había salido, su luz blanca bañaba la quebrada; los árboles, rectos, silenciosos estiraban sus brazos al cielo. De dos saltos bajé al corredor y atravesé corriendo el callejón empedrado, salté la pared del corral y llegué junto a los becerritos. “Allí estaba zarinacha” la víctima de esa noche; echadita sobre la bosta seca, con el hocico en el suelo; parecía desmayada me abría su cuello; la besé mil veces en su boca con olor a leche fresca, en sus ojos negros y grandes - ¡Niñacha, perdóname! ¡Perdóname, mamaya! -junté mis manos, y, de rodillas me humillé ante ella.

-       ¡Ese perdido ha sido, hermanita, yo no! ¡Ese Kutu canalla, indio perro!

-       La sal de las lágrimas seguía amargándome durante largo rato. “Zarinacha” me miraba seria, con su mirada humilde, dulce.

-       ¡Yo te quiero, niñacha yo te quiero!

Y una ternura sin igual, pura, dulce, como la luz de esa quebrada madre, alumbró mi vida.

A la mañana siguiente encontré al indio en el alfalfar de Capitana. El cielo estaba limpio y alegre, los campos verdes llenos de frescura. El Kutu ya se iba tempranito a  buscar daños en los potreros de mi tío para ensañarse contra ellos.

-       Kutu, vete de aquí –le dije- en Viseka ya no sirves. ¡Los comuneros se ríen de ti porque eres maula!

Sus ojos opacos me miraron con cierto miedo.

-       ¡Asesino también eres Kutu! ¡Un becerrito es una criatura! ¡Ya en Viseka no sirves, indio!

-       ¿Ya no más, acaso? Tu también. Pero mírale al taita Chawala: diez días más atrás me voy a ir.

Resentido, penoso, como nunca, se largó a galope en el bayo de mi tío. Dos semanas después Kutu pidió licencia y se fue; mi tía lloró por él como si hubiera perdido un hijo.

Kutu tenía sangre de mujer: Le temblaba a don Froilán casi a todos los hombres les temía. Le quitaron su mujer y se fue a ocultar después en los pueblos del interior, mezclándose con las comunidades de Sondondo, Chacralla… ¡Era cobarde!

Yo, solo, me quede junto a don Froilán pero cerca de Justina, de justinacha ingrata. Yo no fui desgraciado. A la orilla de ese río espumoso, oyendo el canto de las torcazas y de las tuyas, yo vivía sin esperanzas, pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo en esa misma quebrada que fue mi nido. Contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era feliz, porque mi amor por Justina fue un “Warma Kuyay” (amor de niño) y no creía tener derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que ser de otro, de un hombre grande que manejara ya el zurriago, que echara ajos roncos y peleara a látigos en los carnavales. Y como amaba a los animales, las fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y jarawi viví alegre en esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol hasta que un día me arrancaron de mi querencia, para traerme a este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo.

El Kutu en un extremo y yo en otro. El quizá habrá olvidado; está en su elemento en su pueblo tranquilo, aunque maula, será el mejor novillero el amansador de potrancas y le respetarán los comuneros. Mientras yo, aquí, vivo amargado y pálido como un animal de los llanos fríos llevado a la orilla del mar, sobre arenales candentes y extraños.

Warma kuyay
(Amor de niño)
Análisis y comentatio

Cuento publicado por primera vez en la revista cultural “Signo” en 1993. Es quizá uno de los más hermosos y logrados en la narrativa peruana.

Narra sus vivencias y reminiscencias en la hacienda VISECA donde transcurrió su infancia y parte de su adolescencia. Es el relato del amor imposible prematuro que tenía por la cholita Justina, quien lo desdeña por ser muy tierno aún y más que nada, porque ésta mama al Kutu feo “cara de sapo”. Y las sirvientas que eran varias muchachas en la casa hacienda, se burlaban cruelmente de él, diciéndole: “Sonso niño” y el infante “se quedaba avergonzado, vencido para siempre”.

La crítica literaria no se ha pronunciado aún en forma definitiva, sobre cuál es el mejor cuento peruano. Empero, existe casi consenso en la siguiente calificación cuentística: “Caballero Carmelo” de Abraham Valdelomar; “Los gallinazos sin plumas” de Julio Ramón Ribeyro; “Warma Kuyay” de José María Arguedas; “Trompo” de José Díaz Canseco; “Paco Yunque” de César Vallejo; “El niño de junto al cielo” de Enrique Consagrains Martín, entre otros.

En “Warma Kuyay” flota el alma adolescente, pura del protagonista con la ensoñación primigenia e impoluta de un amor cautivo, que se desvanece en el entorno de una vida rural y genera el odio o celo al Kutu, cuando le dice: “¡Indio muérete mejor o lárgate a Nazca! ¡Allí te acabará la terciana, te enterrarán como a perro!” Por lo que el indio desfogaba su venganza en los animales. “Empuñaba duro el zurriago y les rajaba el lomo a los torrillos. Uno, dos, tre… cien zurriagos; las crías se retorcían en el suelo, se tumbaban de espaldas, lloraban; y el indio seguía encorvando, feroz. ¿Y yo? Me sentaba en un rincón y gozaba” (34). Pero para engañarse así mismo, hablaba a solas y se decía: Estos animales son de don Froilán, que es mi enemigo, por haber violado a Justina. El no gozaba sino sufría con la crueldad desatada por el Kutu. Luego vino el arrepentimiento y se puso “a llorar en su cama dos o tres horas” “Hasta que una noche se va al corral de las vacas e ingresa donde están los becerritos y encuentra a una que se llama “Zariacha” que era la víctima de esa noche, se abraza del cuello, la besa “mil veces” le pide perdón y se humilla ante ella.

Aquí aflora esa gran ternura que sentía por los animales y por ello le invadía una infinita pena en su soledad.

Pero Ernesto, no sólo sentía celos del Kutu sino también en su ser hervía una rabia tremenda; mezcla de celos y odio contra don Froylán, el terrateniente que había violado a Justina y le dice a Kutu:

-       ¡Por qué no matas a don Froylán! ¡Mátale con tu honda, Kutu, desde del frente del río, como si fuera puma ladrón!

-       ¡Sus hijos, niño! –responde el Kutu-   ¡Son nueve! Pero cuando seas “abogau” ya estarán grandes.
-       ¡Mentira Kutu, mentira, tienes miedo como mujer –le enrostra Ernesto.

El Kutu se negaba a enfrentarse con don Froylán. “Era cobarde. Tumbaba a los padrillos cerriles, hacía temblar a los potros, rajaba a latigazos el lomo de los aradores… pero tenía sangre de mujer, les temía al terrateniente y a todos los hombres y así con esa nariz aplastada, con esos ojos casi oblicuos y esos labios delgados ennegrecidos por la coca; la Justina lo quería. Entonces, se produjo un conflicto de emociones y pasión, porque Justina, “era bonita, su cara rosada estaba siempre limpia, sus ojos negros quemaban; no era como las otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca llamaba al amor…” (36) y no lo dejaba dormir. Pensaba siempre en ella y su pena se parecía mucho a la muerte.

Y seguía acusándolo al Kutu y lo hostilizaba por dos motivos: primero porque sentía celos por el amor de Justina y luego odio por el cruel maltrato que inflingía a los animales y le enrostra: “Asesino también eres Kutu!”. Un becerrito es como una criatura. “¡Ya en Viseca no sirves indio!”. Y un buen día, el indio cansado del acoso, se marchó de la hacienda y Ernesto se quedó solo, pero cerca de Justinacha ingrata, pero, ya no era desgraciado. Contemplaba sus ojos negros, oía su risa y la miraba de “lejitos”, porque su amor por Justina fue un “Warma kuyay” o sea amor de niño, y no creía tener derecho todavía sobre ella. Sabía que tendría que ser de otro, “de un hombre grande, que manejara ya zurriago, que echara ajos roncos y peleara a latigazos en los carnavales” (37).

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(35) Ob. Cit. págs. 96 y 97.
(36) Arguedas, “Agua”.- Edc. Nuevo Mundo, pág. 97.
(37) Ob. Cit. pág. 101.
Autor: Jorge Bendezu y Bendezu
Obra: José María Arguedas “Vida y Obra” 1995.

1 comentarios:

Jorge Tai dijo...

Una relevante tarea está cumpliendo José Luis con la difusión de diversos documentos escritos por y acerca de José María Arguedas.

De ese modo brinda información para valorar al autor de Los ríos profundos, desde muchas aristas.

Buen trabajo, JL

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